sábado, febrero 27, 2010

Juego de mentiras

Fue una tarde de dientes radiantes, pero de encías descontroladas y que se estampan de felicidad por haber iniciado un almuerzo mariscal –ósea de mariscos-, en una cercana cebicheria al lugar de donde vivía, conversando con aquel sobrino mío que veía luego de un alargado mes.

Desconté preguntas y respuestas al juego de caracteres y mentiras descompuestas, por aquel brindado día con aquella prima, del cual no escribiré más que esta vez. A pesar de tener una vida lánguida, nocturna y casi podrida -puesto que mentía demasiado y talvez lo continué haciendo con algunas situaciones-, provoque a mis parientes políticos un desgaste de prescripciones inhibidas, de aquella respuesta fructífera de mi sobrino y las conversaciones sobre un juego para aquella consola conocida donde la mitología grecorromana es tan cierta y falaz, fuese tan fantasiosa como la mitología cristiana –pero la tal es mas verdadera para algunos-, donde aquel supuesto tío me decía que mi sobrino escuchaba, entendía y pronunciaba los mismos preceptos de los que yo tanto proclamo en tales conversaciones sociales.

Al cual yo no tiendo a comprender ahora, porque tenia que guardarme las emociones al ver a un niño quemado por un sol de piscina, al decirle que no lo volvería a ver y jugar tardes y noches en la que el me concebía la gracia de la concepción y la guía de su razón, de aquellos mismos juegos del que el tanto esta encandilado.

Pero mi mentira es esta, “No extraño a nadie y vivo feliz”.

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