Aquella vez que deje las letras con un cincel,
la música por un grito agónico y sollozo.
Para talvez encontrarme disculpándome a un papel,
casando mariposas en un jardín sin recinto,
valiéndome más que de unas palabras moribundas
propias e insignificantes.
Preciosas, talvez especiales...
mas quien podría decir que las descubrirías,
cuando caminabas con canicas y suspiros.
Escapándote de la muerte prosaica,
encontrando aguacero y botas viejas,
sin querer estudiar ni augurar
de tal futuro a encontrar sin vivir.
Diluyéndote sin arrastrar y fluir,
contento sin saber aun brindar,
denigrando esa niñez por monedas
de tal amarillo móvil de mecánica.
Si fueron sueños… cuando sea grande…
sin tener ciudad por conquistar,
ni arandelas por endulzar la mirada tabú
en sorteo sin boleto vendedor.
Bastaba más que ser un luchador,
con magnas orejas pintadas a lo hindú
de revistas y comics sin dibujar
ni luces fluorescentes e himnos parlantes.
Aquel niño murió sin pensarlo más
con carritos de mano con choques
y traumas de teatros vivénciales,
en angustia de elite clasista
sin dejar de sentir su artista,
patrocinado de harinas y sales
remitiendo esos viejos mensajes
y grandotas caretas con ojeras.
Nota: Quien iba pensarlo que esta descripción fue sentida, de esta telaraña de ignorantes ideas. Si bien no escribí nunca cuando fuí ese niño, ahora que tengo las palabras para intentar encontrar esta solución por parte de mi carne.
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